¿Era virgen la virgen María?

¿De verdad era virgen la virgen María? No, es un error de traducción

Dos mil años después: el error de traducción que aún sostiene la virginidad de María

Pocas ideas del cristianismo han tenido una influencia cultural tan profunda y duradera como la virginidad de María. Ha inspirado dogmas, arte, moral sexual y modelos de conducta durante siglos. Sin embargo, desde un punto de vista histórico y filológico, esta creencia descansa sobre una base sorprendentemente frágil: una traducción discutible de un texto hebreo antiguo y su posterior explotación teológica. Que dos mil años después siga considerándose un hecho incuestionable dice más sobre la fuerza de la tradición que sobre la solidez del argumento.

Una profecía que no hablaba de virginidad

El origen remoto del problema se encuentra en Isaías 7,14, un texto redactado en hebreo en el siglo VIII a.C. El pasaje afirma que una ‘almá concebirá y dará a luz un hijo. En el hebreo bíblico, ‘almá significa simplemente “joven mujer”, sin ninguna referencia explícita a su experiencia sexual.

Este punto es ampliamente reconocido por la filología moderna. El hebreo dispone de un término específico para “virgen”, betulá, que aparece en otros pasajes bíblicos (por ejemplo, Génesis 24,16). El hecho de que Isaías no utilice ese término es significativo. Como señala el biblista James Barr, uno de los mayores expertos en semántica bíblica del siglo XX, ‘almá “no contiene por sí misma la idea de virginidad, aunque en algunos contextos pueda presuponerse” (Barr, Biblical Words for Time, 1962).

El texto de Isaías, además, tiene un contexto histórico claro: se dirige al rey Acaz y habla de un signo inmediato, no de un acontecimiento mesiánico lejano siglos en el futuro. Muchos estudiosos (judíos y cristianos) coinciden en que el pasaje se refiere a un nacimiento contemporáneo al profeta, no a Jesús de Nazaret.

La Septuaginta: cuando una palabra lo cambia todo

El giro decisivo ocurre con la Septuaginta, la traducción griega de las Escrituras hebreas realizada entre los siglos III y II a.C. En ella, ‘almá se traduce como parthénos, un término griego que sí significa claramente “virgen”.

No hay consenso absoluto sobre por qué los traductores eligieron esa palabra. Algunos sugieren una interpretación cultural; otros, una imprecisión semántica. Lo relevante es el resultado: una joven mujer se convierte en una virgen por decisión del traductor, no del texto original.

Este detalle, aparentemente técnico, tendrá consecuencias enormes siglos después.

Silencio en los primeros textos cristianos

Los escritos cristianos más antiguos que conservamos son las cartas auténticas de Pablo, redactadas entre los años 50 y 60 d.C. En ellas no hay ninguna mención a un nacimiento virginal ni a María como figura teológica relevante. Pablo se limita a decir que Jesús fue “nacido de mujer” (Gálatas 4,4), una expresión totalmente convencional.

Este silencio es importante. Si el nacimiento virginal hubiera sido una creencia central desde el inicio, resulta difícil explicar por qué el principal teólogo del cristianismo primitivo no la menciona jamás.

Aparición tardía: finales del siglo I

La primera afirmación clara del nacimiento virginal aparece en los evangelios de Mateo y Lucas, escritos aproximadamente entre el 80 y el 90 d.C. Ambos evangelistas utilizan explícitamente la versión griega de Isaías 7,14 y subrayan que María concibió “sin conocer varón”.

Sin embargo, este relato no es universal:

  • Marcos, el evangelio más antiguo (ca. 70 d.C.), no menciona el nacimiento de Jesús en absoluto.
  • Juan, el más teológico, tampoco habla de concepción virginal.

El teólogo Raymond E. Brown, una autoridad en estudios del Nuevo Testamento, concluye que “las tradiciones del nacimiento virginal no pertenecen al estrato más antiguo de la fe cristiana” (The Birth of the Messiah, 1977).

De recurso narrativo a arma doctrinal

En los siglos II y III, la virginidad de María empieza a desempeñar una función polémica. Autores como Justino Mártir e Ireneo de Lyon la utilizan para defender la naturaleza divina de Jesús frente a críticas judías y paganas. La virginidad deja de ser un elemento narrativo y se convierte en prueba teológica.

A partir del siglo IV, con figuras como Agustín de Hipona, la cuestión se amplía aún más: no solo se afirma que María concibió siendo virgen, sino que permaneció virgen antes, durante y después del parto dejando al pobre José sin mujer que catar. Este desarrollo no procede de nuevos textos, sino de una creciente idealización de la virginidad dentro del cristianismo tardoantiguo.

Tradición contra evidencia

Desde hace más de un siglo, la exégesis bíblica académica (incluida la católica) reconoce abiertamente el problema de Isaías 7,14. Biblias modernas anotadas explican la ambigüedad del término hebreo y su contexto histórico. Sin embargo, en el plano doctrinal y popular, el matiz se ignora sistemáticamente.

Aquí surge la paradoja: una religión que afirma basarse en la verdad revelada mantiene una creencia central apoyada en una traducción discutida, incluso sabiendo que el texto original no dice lo que la doctrina afirma.

¿Por qué sigue importando?

Persistir en la virginidad de María no es una simple curiosidad teológica. Ha tenido consecuencias reales:

  • Una visión problemática de la sexualidad
  • La exaltación de la virginidad como ideal moral
  • La asociación entre pureza y abstinencia femenina

Todo ello basado, en última instancia, en una palabra mal traducida.

El peso de dos mil años de historia cristiana

Que una idea nacida de una traducción ambigua se haya convertido en dogma inamovible ilustra el enorme poder de la tradición religiosa. Desde una perspectiva histórica y racional, seguir defendiendo hoy la virginidad de María como hecho literal resulta insostenible.

No porque la fe no tenga derecho a sus símbolos, sino porque presentarlos como hechos históricos exige un rigor que, en este caso, simplemente no existe. Dos mil años después, el problema ya no es el error de traducción, sino la negativa a reconocerlo.

Desde Trevia apostamos por tener una vida sexual plena. La virginidad es algo que va contra la naturaleza, pero eres libre de practicarla.

Preguntas frecuentes (FAQ)

¿La virginidad de María es un dogma central del cristianismo?
Depende de la confesión. En el catolicismo y la ortodoxia es un dogma plenamente establecido; en muchas iglesias protestantes no lo es o se considera secundario. En cualquier caso, no formó parte del núcleo más antiguo del mensaje cristiano.
¿Reconoce la Iglesia el problema de traducción de Isaías 7,14?
Sí, a nivel académico. Biblias modernas y comentarios oficiales reconocen que el término hebreo ‘almá no significa necesariamente “virgen”. Sin embargo, esta aclaración rara vez tiene consecuencias doctrinales o catequéticas.
¿Entonces Mateo y Lucas se equivocaron?
No en el sentido moderno del término. Escribieron dentro de un marco cultural donde la Septuaginta era la Escritura de referencia. El problema no es su uso del texto griego, sino elevar hoy esa lectura a hecho histórico literal.
¿Existen fuentes externas que confirmen el nacimiento virginal?
No. No hay testimonios judíos, romanos ni cristianos independientes del Nuevo Testamento que confirmen el nacimiento virginal de Jesús.
¿Los evangelios apócrifos refuerzan esta idea?
Algunos textos apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago (siglo II), amplifican la virginidad de María, pero son tardíos y claramente legendarios. Su existencia muestra la expansión del mito, no su historicidad.
¿Qué consenso existe entre los historiadores modernos?
El consenso académico es que el nacimiento virginal no puede verificarse históricamente y que su origen está ligado a lecturas teológicas tardías y a la traducción griega de Isaías, no a fuentes contemporáneas de Jesús.
¿Puede una religión basada en la verdad sostener un dogma nacido de una traducción errónea?
Si el texto original no afirma la virginidad y aun así se mantiene como dogma, la autoridad se desplaza del texto a la institución que lo interpreta.
¿Se habría desarrollado este dogma si María hubiera sido un hombre?
Probablemente no. La exaltación de la virginidad está profundamente vinculada al control histórico del cuerpo femenino y a ideales de pureza aplicados casi exclusivamente a las mujeres.
¿Aceptar el error de traducción debilitaría al cristianismo?
No necesariamente. Podría fortalecer una fe más honesta intelectualmente. Lo que debilita a una tradición no es revisar sus fundamentos, sino negarse a hacerlo.

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